martes, 27 de marzo de 2007

Laberinto del ego

Caminó sola y descalza durante el atardecer por aquel oscuro y húmedo bosque al norte del río.
Sus pies de tan sucios se confundieron con la arcilla del suelo regado de rocio. Pronto llegaría la noche.
Al cálido y húmedo aire que flotaba sobre el suelo y a su alrededor parecía cortarlo de vez en cuando una repentina ráfaga de frescura.
Todo simulaba quietud y había un aroma atemporal, sin embargo adentro suyo algo se movía diferente. Tal vez el aire en cada suspiro, o la sangre alivianandose en su cuerpo corria más deprisa. Toda la piel que la cubría se volvió permeable, el límite entre su vientre y el bosque podría haber desaparecido de tan leve y falaz.
Desde lo lejos podía observarsela vagando,errando, quizás enloquecida. Hubo quienes la juzgaron perdida y quienes comentaron que estaba herida de amor.
Apesar de su aparente andar sin rumbo, ella perseguía un objetivo que olvidaba en cada paso mientras se clavaba muy profundo en su ser. Al intentar alejarse supo acercarse y profundizar en él con mirada filosa y calma al andar.
El tiempo transcurría sin herirla, se tornó un compañero que caminaba a la par y le guiñaba
el ojo cada tanto para recordarle que no debía abandonar el camino, le prometía alguna cosa que ella estaba dispuesta a olvidar.
Juntos siguieron su marcha hasta el seno del bosque adonde solo le quedó decansar y esperar. Fingió que jugaba con una rama. Observó las copas de los árboles haciendo el amor con el viento, tan alto donde nunca podrá llegar.
El sol comenzó a esconderse y las sombras perversas tuvieron ganas de salir a asustar.Todo lo que la rodeaba parecía prometerle un encuentro ideal.Todo revalsaba ahora de frescura y sensualidad. El barro de sus pies comenzó a secar y le ofreció caricias en la piel fria y curtida de las plantas.
Lo más dulce y fatal era la posibilidad de no encontrarse jamáz y desear otra piel que está perdida,desearla hasta morir en soledad conservando su recuerdo casi como cualquier otro pensamiento vacio de singularidad.
Entre las promesas del tiempo, la esperanza que encierra el bosque y la soledad de su vestido amenazando fugarse con el viento, entre tanta madera quieta y color verde intenso para amar, la espera quiso ser reina y ama de la noche.
No pudo abandonar la idea del desencuentro, es un veneno que se inhala con cada inspiración, es adictivo, terriblemente dulce, hiere despacio por dentro e imaginar su fresco consuelo es su arma letal.
En una perdida bocanada de aire algo nuevo ingresó, le temblaron los muslos, el pecho se le hundió y comprimió como si intentara desvanecerse debajo de los huesos.
La figura de su amor es la verdad más frágil que vió jamáz, quiso abrazarla para protejerla y sintió que tanta fuerza no era suficiente.
Él la tomó por la cintura y esas manos en su piel le dolieron, le molestó saber que no siempre estarian allí, esa belleza era mortal, terrible, mentirosa y molestaba.
Una misma arcilla los ensució, una nube de vapor los escondió en la noche, se miraron por última vez sin poder soportarse. Alguno de los dos sabía que solo se podía enloquecer antes de llegar a comprender que ese momento ya no les pertenecía porque el tiempo como a todo se lo llevaría bien lejos y lo encerraría en algún secreto laberinto para asegurarse de que nunca más pueda regresar.

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